miércoles, 17 de agosto de 2011

Crónica: Le sedo el turno al prestigioso lugar.

¿Y a usted que le duele? Me pregunto una señora que desde hace algunos minutos se encontraba sentada en la silla del lado derecho mío. ¿A mí? Le respondí, a no a mi nada, queriéndole demostrar y hacerle entender que me encontraba mucho mejor que ella; y entonces ¿Qué hace usted aquí? Me cuestiono su señor esposo que se había acabado de sentar luego de haber pagado una alta cuota moderadora y así ser digna de recibir su señora esposa un poco de atención de aquellos dioses de bata blanca que se veían a lo largo del pasillo detrás de un escritorio cada vez que las puestas de los consultorios era abierta por un pecador más.
No había terminado de tomar el suficiente aliento para responderle al anciano cuando a urgencias de salud total el sitio en el cual me encontraba el lunes 17 de mayo a las 7 de la noche en la Clínica Bucaramanga,  ingreso un hombre cuya edad oscilaba entre los 40 y 45 años. Su  ropa demostraba que venía con seguridad de su casa y que aquello que lo hacía gritar y quejarse con tanta desesperación mientras se tenía su grande estomago no le había dado tiempo tal vez de ponerse algo que lo hiciera ver mejor presentado a la vista de los demás.
Seguramente al día siguiente la niña del aseo no abría tenido mayor trabajo pues ese hombre con mucha seguridad se había arrastrado desde la puerta de la clínica hasta enfrente de las sillas de la sala de espera de la EPS en las cuales con la ayuda de su esposa pudo intentar sentarse aunque sus gritos  y lamentos no lo dejaran en paz junto con su cara de angustia.  Mi madre por su parte la causante de mi estadía en ese sitio empezó a repetirme en el oído que era necesario que ese hombre pasara primero que ella pues, a la vista de ella aquel hombre si merecía obtener la salvación que los dioses de bata blanca brindaban a todo a que ingresara al consultorio una vez pagada la cuota moderadora. Aquella esposa hizo todo a su alcance para que su amado príncipe no se arrastrara pues, no era que se sintiera avergonzada  sino que su angustia reflejada en su mirada  se hacía mayor aun al ver que nadie ni si quiera los que se hacen llamar vigilantes ni los enfermeros le brindaban ayuda a su esposo que se revolcaba en el piso tratando de llegar al “cielo” y así poder obtener su brebaje mágico que le calmaría y quitaría tan desesperante dolor que sentía en su gran estomagote.
Minutos después de saber y ver que aquel hombre estaba siendo llevado a uno de los 15 dioses que se encontraban en los consultorios, pude decirle que la causa de mi estadía en aquel sitio era mi mamá la cual se había internado en un mundo de nervios y que pese a las 6 pastillas que ya le estábamos dado en días pasados formuladas por otro dios de bata blanca, su vida aun no habían recobrado la tranquilidad y por el contrario todo ahora era más caótico que antes.
“Carmen Cecilia Dallos Hernández consultorio 8 Carmen Cecilia Dallos Hernández consultorio 8” luego de casi más de 4 horas por fin se oyó en aquella caja negra  como una fulanita hacia el llamado a mi madre la cual estaba siendo esperada por un dios que resultaría ser más adelante un pelagato, un  medicucho si así se podría llamar  pues si no fuera porque ante todo me enseñaron a respetar a mis mayores tal vez el que llegaría a ocupar la silla de mi madre una vez ella se levantara hubiera sido él del guarapazo tan grande que le hubiera dado. Pues después de tanta espera el fulano aquel resulta con que mi madre no tiene nada y que simplemente es necesario que se envié para la casa y duerma bien, aun sabiendo y acabando de oír de labios de mi padre él cual se encontraba a punto también de estallar al ver tanta mediocridad por parte del que se suponía lo sabía todo; que mi madre hace más de dos días no dormía bien y que sus únicos acompañantes que solo ella los podía ver eran un señor grande de vestido blanco el cual la incitaba a que se ahorcara junto a un grupo de señores que nunca se identificaron quienes eran pero que a cada instante la azotaban con burlas y sátiras.  
Don Manuel ya casi a punto de estallar solo pudo exclamar: “O me atiende a mi mami o escuchara de mi muy pronto y hare que el director de la clínica amigo nuestro se entere de la clase de disque médicos posee esta clínica”. No fue mejor estrategia que la de mencionar a quien es conocido en la clínica como el señor don doctor  Carlos Alberto Malagón el director de la clínica quien durante más de 7 años fue nuestro médico de cabecera y por ser un excelente doctor fue ascendido a director médico de la Clínica Bucaramanga. Al ver que las acusaciones de mi padre no iban en vano hasta el celador de urgencias llego con el bolillo en la mano esperando sacar a palo a mi papa el cual, solo exigía que  por favor atendieran dignamente a mi mama ya que suficiente plata ya habíamos pagado para que la atendieran y que también ya habíamos esperado más tiempo del que se le llama normal para que ella pudiera sentir lo tan anhelado y que por más de 2 días no sabía que era, la calma.
Después de casi 3 horas mis ruegos mostraron resultado pues ya mamá  se encontraba en una camilla del consultorio numero 1 de medicina general totalmente dopada y sedada luego de que se aplicara una inyección que hiciera que la calma volviera a retornar a ella. Los bombillos de Viviana no se apagaron en toda la noche ni en toda la madrugada del  18 de mayo pues su propio yo sé cuestionada y quería saber el por qué su propia madre una mujer totalmente activa llena de alegría y mucha paz esa se encontraba acostada sobre una camilla de medicina general en un estado en que solo importaba su angustia y su afán. Nunca ningún dolor dado por alguna enfermedad la había hecho parar y apagar con todos sus sueños y ideales como había ocurrido esta vez solo por no querer ver como sus dos pequeños aguiluchos ya poseían el suficiente tamaño en sus alas para poder volar y empezar hacer sus vidas así como ella misma algunos años atrás había decidido hacerlo. Realmente el ver el nido vacío era su enfermedad sin darse ella cuenta de lo que realmente estábamos viviendo mi padre y yo, lo único que quería saber muy dentro de sí era que ninguno de sus hijos que la amaban tanto iban a sacrificar sus vidas por pasar el resto de sus días al lado de ella cuidándola junto con su señor padre olvidando cualquier meta y objetivo a un futuro pues el amor hacia su madre según ella cubria todo incluso eso.  Ella quería saber como de la noche a la mañana su hermosa familia la sociedad Ortiz Dallos se había convertido en un extraño agujero negro en donde no solo todo era oscuridad y las alegrías no se veían por ninguna parte mucho menos las esperanzas, sino porque este dichoso hueco el cual llevábamos en nosotros mismos en ese momento solo tenía como salida una espera angustiosa y desesperante un purgatorio bajo el techo y entre las cuatro paredes del consultorio 1 y porque  los gritos de quienes esperaban allá afuera que por favor alguno se apiadara en pasarlos aun permanecían latentes en mi mente.
Ya eran las 4 de la tarde del siguiente día, 12 horas habían sido historia  en la clínica Bucaramanga y aun así ni  una ambulancia había estado disponible ni el geniete de la nueva  enfermera jefe pues la  muy sin alma y sin corazón espero ver que mi mamá como en medio de la crisis reventaba su vena de la muñeca  al sacarse el catéter que le habían puesto para así facilitar la postura del medicamento aunque a la final cuando era el tiempo de aplicárselo no era realmente tan fácil pues era necesario ejercer sobre ella una fuerza mayor a la que ella ponía para evitar que al menos por algunos minutos volviera la esa  tierna y armoniosa paz que no volvió a tener.
Entre salga entre salga era lo único que podía hacer para que las gotitas de lagrimas no salieran de mis ojos al ver como gente tan sin alma y sin corazón son a quienes nosotros les dejamos en sus manos nuestra vida y la de nuestros familiares y como don Fernando el señor que con su pantaloneta limpio  brillo el piso en la noche anterior tienen que estar al punto de la muerte y como mi mama tiene que estar a puto de la locura para que los que se creen dioses de algo que no son, puedan brindar eso que durante varios semestres estudiaron y que realmente nunca lo dan.
Después de 19 horas mi madre Carmen Cecilia Dallos Hernández una señora de 49 años se estaba dirigiendo hacia el hospital psiquiátrico San Camilo más conocido por quienes no saben que se vive realmente allá adentro como el manicomio, por una ambulancia que demoro en llegar más de un día y cuya sirena había desgarrado mi alma y mi corazón mucho más de lo que un hombre con su desengaño puede llegar a lastimar el corazón de una hermosa mujer. 

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